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Este artículo es de hace 6 años

Homenaje, historia y mucha vida en Retratos de Viento y Fuego III

Bruno Portuguez es un pintor popular, es el niño de siete años que nunca dejó de crecer, aquel alumno de escuela que llegó a ser retratado por el gran artista arequipeño Teodoro Nuñez Ureta. Tan solo un grande de grandes de la pintura popular.

Piero Hernández Saldaña
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Su más reciente exposición Retratos de Viento y Fuego III nos deleitará, una vez más, con cuadros inéditos que exponen lo más bello del arte: la vida misma. La exhibición empezó ayer en el Colegio de Ingenieros del Perú y va hasta el 31 de octubre.

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En su nueva muestra, Portuguez vuelve a honorificar grandes personajes que marcaron un antes y un después en la historia de nuestro país y el mundo. “Sencillamente lo que hago es tratar de que el personaje esté ahí con toda su condición, su potencialidad, su fuerza, su espíritu y sobre todo su ideal”. Es así como Retratos de Viento y Fuego III nos llevará por un camino de viento tan perenne como el pensamiento vivo y una potencia de fuego tan vigorosa como el impulso de la existencia misma.

PERFIL conversó con el artista peruano quien nos habló no solo de su exposición y de su vida, sino también de su amor por el arte.

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—¿Cuánto tiempo le tomó acabar toda esta exposición?

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—Para poder concretar todo esto me he tardado casi cuatro o cinco años. Cada cuatro años sale un ejemplar, un tomo del libro de Retratos y Vientos de Fuego. Lo que presentaré en mi exposición es una parte, los que no van a ir a la exposición están guardados o han sido entregados a sus dueños. Cronwell Jara, por ejemplo. Sumando todos estos cuadros debe haber alrededor de 145 retratos, me faltan unos cinco para concluir el libro. Claro que he hecho unos 190, entre dibujos y pinturas, y he ido descartando.

—¿Y el Bruno Portuguez de hace cuatro años sigue siendo el mismo del día de hoy?

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—No, ni del año pasado. Uno va en una evolución vorágine. Ni yo mismo sé que es lo que voy a hacer de acá a dos o cinco años. Yo creo que la no repetición es la función del creador. Si uno se repite, si uno llega al techo, creo que ya no hay nada que hacer ¿no? Pegarse un tiro o irse al Salto del Fraile y tirarse de ahí. Sería atroz, sentir que uno se está repitiendo.

—¿Es decir la singularidad de sus cuadros es diferente cada año?

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—Es más, cada cuatro es distinto al otro. A groso modo, ninguno se parece a otro, me refiero a su ejecución. En la ejecución plástica, los colores, la ejecución, la estructura, hasta en los tamaños no existe una repetición.

—La mirada de sus personajes es uno de los detalles fascinantemente expresionistas en cada uno de sus retratos

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—Eso depende del personaje y también del creador. Eso es lo hermoso de este trabajo. Uno no solamente representa al personaje, lo que es, sino que uno tiene que ponerle su sello personal, sino no sería un Portuguez, sería cualquier otro pintor.

—¿Qué significado tiene Retratos de Viento y Fuego?

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—Estaba desde un principio establecido con mi esposa, la gran pintora Fanny Palacios Izquierdo. Yo estaba buscando un nombre que refleje el sentir, la ideología, el pensamiento de cada uno de los personajes y después de pensarlo mucho había llegado hasta la primera parte. Fanny me ayudó a colocar el otro nombre. Del pensamiento vivo que es trascendental al igual que el viento. Tal vez nosotros ya no estemos pero el viento continúa y eso está reflejado en todos los personajes. Y el fuego es lo que ha impulsado a la vida misma, al pensamiento, la ideología de la gran mayoría de ellos.

—¿Cuál es el propósito que se tiene con Retratos de Viento y Fuego III?

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—El de rendir tributo y un homenaje desde mi condición de pintor a todas estas personalidades. Hombres y mujeres que han logrado hacer de su vida una participación, una fe, una religión en lo que cada uno de ellos han hecho. Algunos en forma literaria, otros en forma pictórica, otros, tal vez, militar o patriótica como es el caso de Bolognesi o Leoncio Prado. Otros por su cuestión social como Túpac Amaru o Micaela Bastidas ¿no? Entonces desde cada punto de vista, ellos han hecho una fe de su trabajo. Por ejemplo, nuestra María Reiche, toda una vida entregada al estudio de las Líneas de Nazca. Y esa devoción, ese cariño merece ser resaltado y en el caso de los pintores tenemos ese deber de resaltar eso. Ese es mi primer interés.

—¿Es entonces su impulso el querer inmortalizar la historia de su personaje?

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—Más que una inmortalidad es el de devolver ese cariño. El segundo interés que yo tengo es el de poder dar una especie de visión personal, plástica, para que los jóvenes que han abandonado la búsqueda, las raíces o el compromiso que tiene cada pintor para poner en manifiesto nuestra realidad. Yo lo que hago es un llamado a los jóvenes pintores. No hay que abandonar esto, el realismo sigue vivo. Pongo en testimonio mi trabajo para que ellos vean y puedan superar esto y hacer una obra maestra. No todo es abstracción, no todo es negocio, no todo es ese tipo de instalaciones que ahora brindan. El arte se ha ido deshumanizando con el tiempo.

—¿Es la búsqueda de lo fundamental lo que caracteriza cada una de sus obras?

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—Sencillamente lo que hago es tratar de que el personaje esté ahí con toda su condición, su potencialidad, su fuerza, su espíritu y sobre todo su ideal. Yo creo que sí se puede pintar el pensamiento, el ideal; mediante colores, mediante formas o medios plásticos y eso es lo que yo trato de evidenciar. Yo no hago un retrato común, un retrato académico. Yo exploto y exploro otras dimensiones, me atrevo a hacerlo. En un primer momento no era aceptado ni comprendido. En los años 80 o 90 era completamente indiferente. Habían pocos amigos que aceptaban esto, pero el común me decía: “No, es muy fuerte tu pincelada”. Poco a poco se ha ido entendiendo y estoy abriendo una brecha, un camino para que otros puedan ingresar por ahí. Lo que yo hago es un retrato personal, si se quiere decir, donde no quiero que se parezca el personaje, yo quiero que esté el personaje, es distinto, es un atrevimiento. Si la vida no me ha brindado nada más que ese atrevimiento, lo tomo y lo hago mío.

—¿Es acaso la fotografía el verdugo innegable del pincel?

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—La cámara es una máquina y cuando apareció la fotografía a fines de 1800 se creía que la pintura había muerto, pero hay algo que la máquina no puede captar, algo que está más allá y que es la vida. Por muy buena cámara que uno tenga es bien difícil captar la vida. La máquina da un reflejo pálido de la vida. Tendría que ser un fotógrafo como Martín Chambi que logra captar mediante luces y ciertos argumentos algunas cosas interesantísimas. Pero no hay más Chambi’s pues. Entonces, lo que el pintor hace es recoger una ilusión de la realidad, un tema que está ahí y que para algunos es, de repente, insignificante pero que el pintor ve con esos ojos de penetración y mediante simples colores crea un trozo de vida. Como diría Picasso, una mentira, pero, tal vez, más verdadera que la misma realidad. El pintor crea un mundo distinto paralelo al mundo real, pero puede ser más significante y atractivo que la vida misma.

—Es usted un artista, un maestro

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—Cosa que yo rechazo completamente. A mí me han tipificado de muchas maneras, incluso un español en Caretas salió a decir que yo era un genio y muchos lo dicen y otros me dicen maestro y otros me dicen artista. El título que yo me pongo es el de ‘pintor’, es el título que más me encanta y si es ‘pintor popular’, mejor. Rechazo cualquier otro adjetivo, otro término, otro concepto.

—¿Cuál es para Bruno Portuguez el día perfecto?

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—Cuando logro con estos colores y este pincel hacer otro de vida en mi pintura. Si logro poner algo de eso ese sería un día perfecto.

—Existe una dedicatoria muy conocida de Teodoro Nuñez Ureta hacia usted. ¿Qué sentimientos le provocó en ese entonces?

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—Fue una gran sorpresa para ambos, una cosa extraor dinaria. La mejor anécdota que hay en la plástica no sé si mundial, pero al menos peruana. Una de las más hermosas anécdotas de un maestro que va a un sitio, ve a muchos niños, encuentra uno que está sentado, lo dibuja y sin saber después de 26 años ese niño lo retrata a él. Es algo inusual, extraordinario, que acontece cada mil años y a mí me aconteció ser uno de los personajes que aparece en la obra del maestro Teodoro Nuñez Ureta. Yo tenía cuatro años, no sabía nada de nada. Recuerdo que iba a la playa, agarrado del mandil, que correteaba por todos lados, pero de que él me haya dibujado no tengo memoria. Tal vez eso quedó en mi subconsciente y brotó porque al otro año empecé a dibujar. Tal vez yo vi lo que él hacía y me preguntaba: “¿qué hace ese señor?”. Y cuando me lo muestra yo me quedo casi aterrado de verme reflejado. Quizás en mi subconsciente quedó grabado esa escena, de que se podía transmitir algo con un lápiz y un papel y al otro año empecé a agarrar el lápiz común y a los seis años empecé a cosechar críticas muy positivas. Hice un osito que fue alabado por la profesora que me enseñaba y llamó a los demás y comentó que yo había hecho un dibujo precioso y yo no sabía lo que había hecho, pensé que todo el mundo hacía eso. Entonces para el maestro Teodoro y para mí fue una cosa extraordinaria. Él lo comentaba mucho y yo siempre he andado con el recuerdo de haber sido un modelo de un maestro a los cuatro años.

—¿Qué significa el realismo para usted?

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—Es una visión, una parte de la vida. Yo pienso que el realismo se ha dado desde la época del paleolítico y se seguirá dando mientras el hombre tenga vida. Es perenne, consecuente. Cada cultura ha pintado su realidad, su mundo y su momento.

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