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Ensayo

La ardua dignidad del epitafio

El epitafio es la tarjeta de presentación que dejamos cuando ya nos hemos ido, y es la más pequeña y última rebelión contra la muerte; es decir, contra aquella que es la peor: el olvido.

A estas alturas del siglo XX ―cuando ya estamos en el XXI―, deberíamos escribir el epitafio de las cartas, pero no habría a quién mandarlo porque ya nadie las lee. Los epitafios son autobiografías que nos tornan en expertos en lectura rápida, y la lectura rápida es el método que nos ahorra tiempo cuando leemos un libro, de manera que podremos emplear este tiempo sobrante en la relectura del mismo libro para saber de qué trata. El epitafio suele ser una frase más célebre que su persona. Muchas veces, el epitafio prueba que la muerte no es la hora de la verdad. El epitafio es el ahorro que mete todas las virtudes en cinco palabras. El epitafio es el triunfo final de la imaginación sobre la memoria.

El epitafio es el abuelo del grafiti que trae su propio muro. El epitafio (= sobre tumba) que inventamos es nuestro último tweet, con la desventaja de que ya no podremos arrepentirnos luego; pero, francamente, a tales alturas de la muerte, ¿qué nos importa? Un gran autoepitafio es el que Alfred Hitchcock pidió para sí mismo: «Esto es lo que hacemos con los chicos malos». Empero, nunca se lo grabaron, y ello prueba que la última voluntad de un muerto la tienen sus herederos.

En todo caso, la escritura de bellos epitafios es un arte que ya ha muerto, y es difícil que se levante de su tumba para inventar lirismos como el que don Francisco de Quevedo imaginó para una mariposa: «Yace pintado amante, / de amores de la luz muerta de amores, / mariposa elegante / que vistió rosas y voló con flores».

El epitafio es la tarjeta de presentación que dejamos cuando ya nos hemos ido, y es la más pequeña y última rebelión contra la muerte; es decir, contra aquella que es la peor: el olvido. La muerte piensa en nosotros, pero nosotros pensamos poco en la muerte pues nos enferma hacerlo cada día (perdonad, estoicos); empero, tal vez sí deberíamos pensar en que la vida misma es un absurdo de la naturaleza. Las leyes de la física no dependen de las elecciones, de manera que podemos confiar en ellas. Según las leyes de la termodinámica, todo sistema material tiende al desorden y al frío.

El Sol se enfriará, y su calor se compensará con el frío de otras provincias del universo. Ello ocurrirá con todas las estrellas hasta que el universo se enfríe; los átomos se desintegrarán y solo quedarán las partículas subatómicas: flotantes, quietas, en un obscuro espacio de terciopelo. El Big Bang fue el disparo inicial de una carrera que habrá terminado en el silencio.

La vida es una curiosa excepción pues un cuerpo vivo substrae energía para mantenerse en movimientos interno y externo; se niega a enfriarse. Hasta el hombre más honrado siempre ha sido un ladrón de energía. «La muerte es el retorno al equilibrio y lo más natural del mundo», escribe el filósofo Jesús Mosterín (La naturaleza humana, capítulo III). La vida es un personaje extraño en el gran teatro del universo, pero es lo mejor que nos ha sucedido hasta ahora; solamente hagámonos dignos de nuestro epitafio.

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