El caballo y Basilio Auqui Huaytalla

En varias partes de la sierra hubo grandes valientes, que la historia oficial aún no reconoce. En Cangallo surgió un jinete de los bravos, un morochuco sin freno, audaz, inteligente, de esos que parecen haber nacido como siamés de un caballo.
El caballo y basilio auqui huaytalla

Estoy en la Plaza de la Bandera, que asombra con su inmensidad desde 1978. Aquí están los homenajeados de la patria: Francisco Bolognesi, Miguel Grau, José Quiñones y Mariano Santos Mateo. Pero no veo un solo caballo y sería hermoso verlo labrado en tamaño natural en cualquier lugar de la plaza. Tal vez digo esto porque pienso en Mallaccha y, además, porque un grande se ve mejor a caballo. Carlomagno, Napoleón no son ellos mismos sin caballo.

Un caballo hace la diferencia. Es cierto: a los antiguos hombres y mujeres de estas tierras, en épocas de la conquista, les faltó el acero, les faltó la pólvora; pero les faltó más el caballo. El caballo es patriota y merece estar en las plazas donde se rinde homenaje a la patria. El caballo ayudó a los invasores, pero actuó mejor contra ellos. Los ejércitos regulares de la Independencia no hubieran podido alcanzar sus objetivos sin la participación del pueblo a caballo que, con coraje, se organizó desde abajo para ofrecer a sus valientes a fin la luchar por la libertad, que es una brega que aún no termina.

En sus tiempos mejores, el historiador Pablo Macera escribió que, entre 1780 y 1819, “las masas populares formadas por indígenas, negros, mestizos y gentes pobres dieron su respaldo a la iniciativa de los criollos porque vieron en el español un enemigo común”. Aquellas voces populares creían que la independencia política de España iba a significar para todos una justicia social automática y esto no fue así y ahora, 200 años después, se puede evidenciar que la gente pobre sigue sufriendo, que la gente pobre se muere no de coronavirus sino de falta de atención médica. En varias partes de la sierra hubo grandes valientes, que la historia oficial aún no reconoce.

En Cangallo surgió un jinete de los bravos, un morochuco sin freno, audaz, inteligente, de esos que parecen haber nacido como siamés de un caballo. Se llamó Basilio Auqui Huaytalla y se convirtió en el jefe de los morocuchos por su valentía y luchó con creatividad contra los realistas armados. Hacia 1815, era ya el indiscutible líder de los cangallinos que usaban chullos, gorros con orejas, tejidos con lana blanca y marrón oscuro. El 7 de octubre de 1814 participó junto a José Mariano Alvarado y Valentín Munarriz en el primer grito de la Independencia en Cangallo y firmaron un acta solemne con sangre de sus venas después de vencer a las tropas españolas encabezadas por Mariano Ricafort y José Carratalá.

Basilio Auqui Huaytalla no se durmió en sus laureles. Siguió peleando incluso después de la venganza española contra los cangallinos que dejó muchos muertos el infausto 18 de enero de 1822. Basilio Auqui Huaytalla, después de ese aciago suceso, venció nuevamente a los españoles en Chuschi y siguió peleando hasta en febrero de ese año fue apresado y luego fusilado.

El historiador Max Aguirre Cárdenas, quizá el más grande estudioso sobre la vida de Basilio Auqui Huaytalla, considera que la historia de este hombre está aún en hechura y que su ejemplo y su influencia avanza por todo el Perú y también, como en todo, hay detractores de su vigencia y su legado. Sostiene que Basilio Auqui Huaytalla nació en Incaraccay el 18 de febrero de 1750, cuando Incaraccay se llamaba Incabamba, que significa lugar del inca, donde había una especie de fortaleza de piedra, un rumi wasi, con estilo arquitectónico del imperio que se manejaba desde el Cusco.

Con el tiempo, Incabamba pasó a llamarse Incaraccay, es decir, un lugar donde las propiedades del inca quedaron en ruinas. Cerca de este lugar, antigua jurisdicción del Contisuyo, pasa el Qhapaq Ñan, el gran camino, el complejo vial más importante del Tahuantinsuyo, que hasta ahora sigue siendo ejemplo de cómo se debe enlazar los pueblos andinos.

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