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Este artículo es de hace 6 años

Trampas mexicanas para frustrar a la izquierda

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Nadie en su sano juicio, que haya seguido las últimas décadas de la historia mexicana, y que además sea un lector asiduo y crítico de la prensa occidental, puede imaginar que Enrique Peña Nieto y su entorno, que en materia de escrúpulos morales son más bien anémicos, le entregaran, el 1° de diciembre, al nuevo presidente Manuel López Obrador (AMLO), unas cuentas saneadas y una posibilidad de que el flamante mandatario pueda aplicar, con limitaciones por supuesto, una estrategia adecuada a su visión política.

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Si bien en todos los casos ocurre algo parecido, en el caso mexicano, se supone que no serán pocas, en sentido metafórico, las bombas de tiempo que podrán estallarle al nuevo presidente. Son las trampas clásicas destinadas a demostrar que las izquierdas no pueden o no saben gobernar.

Es más que evidente que con los poderes fácticos en abierta oposición, más numerosos medios de comunicación que han hecho su fortuna en medio de las licencias, a veces lícitas, a veces no, de los gobiernos neoliberales, es muy difícil aplicar políticas que puedan encuadrarlos en un esquema más riguroso e inclinado a permitir una más justa repartición de la riqueza. Que de eso se trata la gran discusión que nos enfrenta Los sectores privilegiados creen que sus privilegios son parte del orden social establecido.

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Lo tienen tan pero tan profundamente internalizado que les cuesta o les resulta imposible pensar de otra manera. Una prueba de este estado mental es lo que se le atribuye a un grupo de privilegiados: “”¿Cómo fue –reclaman encolerizados algunos jefes empresariales- que ese personaje de izquierda, irresponsable, populista, de López Obrador, se coló en la Presidencia después que sacrificando mucho dinero lo bloqueamos en 2006 y 2012? ¿Olvidaron que era un acuerdo entre la gente de bien, que por ningún motivo pasaría?”.

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Es fascinante escuchar frases como esas, que de alguna manera están admitiendo un delito (el de bloquearlo usando su dinero) y más fascinante aún escucharlos decir, sobre ellos mismos, que “son gente de bien”. Averiguar qué significa tamaña adjetivación sería imposible de comprender si se lo preguntáramos a los protagonistas. Ese tipo de convicciones son un estado mental fallido. A falta de argumentos se limitarían a vomitar en nuestros oídos una enferma exhibición de prejuicios y estereotipos que no resistirían el menor análisis. Como no lo resiste, visto desde una óptica moral y ética, el sexenio de Enrique Peña Nieto y su equipo.

Esta es una columna
El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL
Sobre la firma
Rosario, Argentina (1942). Ha trabajado más de 30 años en distintos medios de comunicación de Argentina y Perú. Ha sido asesor del director general de la Organización de las Naciones Unidas (UNESCO) en temas de juventud y ha asistido a proyectos en África, Europa y América Latina. Ha publicado los libros Jugar a vivir (2005) y Sábados en familia (2008). Recibió el Premio Peter Berenson de Amnistía Internacional por su defensa a los Derechos Humanos.
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