Historias

Incursión en Tacora: ¿Se pueden conseguir libros baratos en la cachina?

Un recorrido por Tacora, una de las legendarias cachinas del Perú, en la búsqueda de libros nuevos o de segunda mano a bajos precios.

Stefanno Placencia
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Algunos youtuberos afirman que la cachina de Tacora es un buen punto para conseguir libros a precios muy bajos. “Libros a un sol en Tacora”, “libros baratos en Tacora”, “allí consigues (o puedes conseguir) libros económicos”, se les escucha decir en algunos de sus vídeos, en YouTube o en TikTok. Entre las sugerencias, se encuentra ir muy temprano, porque los buceros o los revendedores, algunos de ellos son libreros de Quilca o Amazonas, madrugan para llegar al lugar y arrasar con todo a su paso.

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También recomiendan llevar monedas, y no billetes, pues, como los libros son cómodos (económicos), no habrá necesidad de pagar sumas elevadas como ocurre en una librería de centro comercial. Con treinta o cincuenta soles, una colección puede ser tuya, aseguran. Con el dinero que cuesta una novela de Mario Vargas Llosa editada por Alfaguara puedes regresar a tu casa con una docena de libros. Eso sí, debes ir un fin de semana que cae más mercadería.

Influenciados por estos consejos, visitamos Tacora, un sábado, plan de seis de la mañana. La gente merodeaba las calles que comprenden esta cachina al ritmo con el que avanzan las cústeres y los buses interprovinciales que lidian con perros, jaladores, carretillas, estibadores y triciclos que pululan en las pistas. En todo el jirón de Alto de la Alianza apenas se ubicaba un puesto en cuyo mantel tendido en el suelo se apreciaban algunas obras en ruso de Aleksandr Solzhenitsyn (doce libros en total), que, según el vendedor (cuyo nombre no quiso revelar), no se vendían por separados. Era todo o nada. “Dame veinte [soles]”, así tasó la merca.

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En Tacora se pueden encontrar libros a precio de feria. Foto: Stefanno Placencia.

Al finalizar el recorrido por esta calle, un cachinero, dedicado a la venta de cables de celulares, orientó nuestra búsqueda mientras acomodaba sus cachivaches en una lámina de plástico azulino. “Busquen a los tricicleros, a veces se ponen en esta calle, o, si no, los encuentran en García Naranjo, vienen al mediodía”. Al igual que el otro vendedor, este no quiso decir ni su apelativo, pero soltó una advertencia: “Tengan cuidado cuando saquen sus huacos (celulares), hay gente que no quieren que los graben, pero sí puedes caminar tranquilo, ya no es como antes que cogoteaban a los turistas”.

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Eran las diez de la mañana cuando empezó la marcha al punto sugerido. Peinamos el lado derecho de la calle, había tricicleros que vendían diversas publicaciones, menos libros: álbumes, “coloreos”, catálogos de cosméticos, revistas culinarias, médicas y de cortes de cabello. De regreso, por el lado izquierdo de García Naranjo, unos títulos regados se exhibían entremezclados con juguetes y peluches en un plástico colorido. La gran mayoría de ellos eran copias que podían percibirse por su defectuosa encuadernación. Se remataban a dos soles. Encima eran de temática de autoayuda.

Más adelante, en otro puesto, bajo un toldo rosado, una negociante ofrecía una miscelánea de aparatos electrónicos, que, al ser abundantes, habían expulsado unos libros del hule. ¿Cuál es el precio de este [“Diez días que estremecieron el mundo”, del periodista John Reed]? “A dos soles llévatelo”, contestó la propietaria, que, con su pie, pone a buen recaudo la mercadería que yacía en la pista. La joven percibió una moneda de dos soles por esa edición popular cuyos filos estaban amarillentos y cuyas primeras páginas se desprendían. “Una refilada en Amazonas, un poco de cola y para el librero”, pensé.

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Decenas de libros a precio módico se pueden encontrar en la cachina de Tacora. Foto: Stefanno Placencia.
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Una segunda vuelta por la misma calle. En la primera era imposible chequear a detalle: los visitantes se amontonan, consultan (algunos regatean), pagan y se marchan con sus productos dentro de bolsas tejidas con cierre.

Sucedió el encuentro con otro puesto que contaba con algunos libros: eran seis, todos originales y conservados a pesar de estar expuestos al aire libre junto a una mixtura de discos, mochilas, alcancías, audífonos, etc. “Llévate a cinco cada uno”, la vendedora se anticipa con el precio al notar que hojeábamos las obras. Lanzó una mejor oferta: “Todo por veinte”. Solo dos libros formaron parte de la compra: uno de Marcela Serrano y otro de Fernando Iwasaki.

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El merodeo por otros jirones continúa, y los tricicleros no aparecían. El reloj de una tienda marcaba las doce y media. A la una, llegaron algunos, pero ninguno traía libros. Así que empezamos un nuevo itinerario por la galería llamada La 503, cuya puerta de salida es por el Alto de la Alianza y la entrada, por la avenida Nicolás Ayllón, a dos cuadras de la estación Grau.

Unos cuantos puestos mostraban libros por montones, dentro de tachos de plástico o cajones de medicina: religión, salud emocional, derecho, literatura, etc. Una ruma de revistas de “Etiqueta Negra” se imponía en un puesto donde vendían ropa de segunda mano. “A dos soles la unidad”, indicó el negociante. En otra visita a este bazar, un vendedor remataba más de 50 números de la revista “El Gráfico-Perú” de los años 2002 y 2003 a treinta soles.

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En el cruce de los jirones Alto de la Alianza y Antonio Raimondi, al lado de las carretillas en que comensales degustaban heterogéneos platos típicos (combinado, ceviche de patita de chancho, o de pota, caldo de mote, merluza frita), delante de un estand que vendía herramientas, había una caja que en una de sus solapas anunciaba: “Remate [de] libros a S/1.00”. Contenía ejemplares de política, literatura, poesía, religión y más. Eso sí, algunos textos habían sido víctimas del apetito voraz de las polillas. “Pero se pueden leer”, dijo el comerciante.

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En Tacora se pueden comprar libros desde un sol, pero no todos en perfecto estado. Foto: Stefanno Placencia.

Recibí tres soles de vuelto por la adquisición de dos títulos: “Perspectivas interamericanas: Literatura y libertad”, de Robert G. Mead, y “Dios en el cafetín”, de Sebastián Salazar Bondy, que estaban en el fondo del depósito bibliográfico. Los ejemplares contaban con dos sellos de sus antiguos propietarios: uno era de la Biblioteca Esfuerzo Cristiano IEP, de la prolongación Raymondi de La Victoria, otro, del Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA), de Miraflores. “Todos los sábados traigo libros al remate”, afirmó otro vendedor que no quiso identificarse.

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Stefanno Placencia
Colaborador de EL PERFIL
Redactor de cultura en EL PERFIL.
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