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Relato

Oda a las frutas

"Es sábado y con aquella frase ya tiene seis que se refieren a la mandarina. Mañana domingo, también a las 6:30 de la mañana, tendrá que escribir la frase número siete y luego pasará a otra fruta".

Mario Pérez se levanta a las 6:30 de la mañana y escribe: “La mandarina es la prima hermana de la naranja que se rehúsa a hacer abdominales”. Es una frase que ha ido trabajando en la memoria con mayor concentración durante la tarde de ayer y la concluyó mientras les sacaba brillo a las hojas de la chiflera que adorna su miniterreza fuera de la ventana de su departamento.

Es sábado y con aquella frase ya tiene seis que se refieren a la mandarina. Mañana domingo, también a las 6:30 de la mañana, tendrá que escribir la frase número siete y luego pasará a otra fruta. Su propósito es escribir un libro cuyo título sea Oda a las frutas. Deberá contener siete frases de 52 frutas, porque se ha propuesto terminar su obra en las 52 semanas del año.

Hasta ahora va bien en su afán y, como todos los sábados, limpia su departamento rincón por rincón. Busca inspiración para la última frase sobre la mandarina. Las cinco anteriores se refieren a su color parecido al ámbar, como anaranjado siendo mandarina; a su sabor dulcete, a veces, agrio cercano al limón para el cebiche; a la forma cómo están dispuestos los gajos; a la diferencia que hay entre las diversas cáscaras: algunas muy pegadas como las de las naranjas, otras muy fáciles de pelar. 

Mario Pérez se preocupa porque aún le falta la idea de la séptima frase sobre la mandarina que deberá escribir el domingo a las 6:30 de la mañana. Va al mercado tradicional del barrio. Compra lo necesario para la semana. Llena el carrito. Después se acerca a las señoras que venden frutas. Observa con detenimiento todo lo que hay: manzanas de varios colores; plátanos de todos los tamaños; sandias gigantescas como calabazas; nísperos tan grandes como pelotas de pimpón; racimos de uvas colgadas desde lo alto custodiadas por diligentes abejas; mangazos pesados; chirimoyas arrugadas.

Mario Pérez busca una frase sobre la mandarina. Al menos una idea, algo que se pueda pulir en la memoria más tarde mientras les saca brillo a las hojas de la chiflera. Se impacienta. Todo lo que piensa le parece malo, obvio, manido, aburrido. Se enoja, se encoleriza. Da vueltas y vueltas en el mercado. Sufre y, de pronto, una señora le dice:  

—Casero, lleve mandarina. Están dulces, sin pepa.

—¿Son mandarinas sin pepa?

—Sí, casero. Sin pepa.

—Gracias.

—Lleve.

—Otro día, señora. Gracias.

Mario Pérez apura el paso a su departamento. Cree que ya tiene una idea fructífera. Habla en voz alta: “Si carecen de pepa entonces ¿cómo permanece en el tiempo? ¿Cuál es la semilla de la mandarina sin pepa?” Quiere jugar con esta idea: con pepa, con semilla; sin pepa sin semilla. Cocina. Come. Lava los platos. Cuando llega la hora de limpiar las hojas de la chiflera, duda; pero madura esta idea: “Me gustan las mandarinas sin pepas; pero me entristece comérmelas porque creo me estoy comiendo las últimas. Sin semillas, carecen de descendencia”.

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