Cultura

Oswaldo Reynoso: Los 60 años de “Los inocentes”

Con el nacimiento del primer libro de relatos del escritor arequipeño se inmortalizaron algunas anécdotas, al mismo tiempo que dividía a la crítica y abordaba temas hasta ese entonces tabúes.

Hoy, 26 de agosto, “Los inocentes”, del escritor arequipeño Oswaldo Reynoso, cumple 60 años de aparición*. La edición príncipe del libro inauguró una nueva colección de narrativa en la editorial La Rama Florida, de Javier Sologuren, quien se animó a publicarlo luego de haber leído los manuscritos que le enviaron José María Arguedas y Manuel Moreno Jimeno. Así salió el primer libro de cuentos de Reynoso, acompañado por una portada donde aparecen unos chicos desnudos que fueron idea de Jesús Ruiz Durand.

En los relatos epónimos, llamados “Cara de Ángel”, “El Príncipe”, “Carambola”, “Colorete” y “El Rosquita”, el autor narra con frescura la historia de una collera que vive con ímpetu sus años mozos en una sociedad limeña criolla que los agobia y los reprime sin darle sajiro ni tregua. Con la publicación de este texto transgresor, Reynoso dividió a la crítica literaria de aquella época, y, aunque intentaron censurarlo, muchos años después el libro sigue siendo leído por su espíritu rebelde y traduciéndose a otros idiomas.

Aunque nació en un hogar de clase media, don Oswaldo se sentía de barrio, observaba la calle, lateaba en ella sin agilarse; así conoció el perfil psicológico de los jóvenes, los jóvenes de siempre. Su trabajo como profesor de colegio y de universidad, que significó crear círculos de afecto con la muchachada, le permitió a Reynoso no solo entender, sino “hacer una pintura objetiva del comportamiento y la interioridad de aquellos adolescentes difíciles” reflejada en “Los inocentes”.

Libro transgresor

A mitad del siglo pasado la narrativa peruana, encarnada por la generación del 50, era testigo de la modernización de la capital. Eran los tiempos del desborde popular, término acuñado por José Matos Mar. Las barriadas limeñas, conquistadas por los marginales y los recién bajados a Lima, se reproducían en los cuentos de autores como Julio Ramón Ribeyro, Enrique Congrains, entre otros, quienes se atrevieron a retratar a los menos favorecidos. A pesar del gran salto, había ciertos comportamientos de la literatura tradicional que se notaban en el lenguaje, en la estructura y en los temas que se tocaban.

En los años 60, Lima, además de florecer como una ciudad virreinal, era muy conservadora. Los transgresores estaban contados con los dedos y corrían el riesgo de ser calificados como “narradores coprolálicos” por la crítica reaccionaria. Pero, sorpresivamente, “Los inocentes” irrumpió en el panorama literario, con un argot de jergas callejeras que eran la radiografía del hablar cotidiano y confianzudo de los muchachos de barrio. En 2014, Reynoso le confesó al periodista Eloy Jáuregui que él no le había cambiado nada ni sacado una coma a su libro.

En un dialogo con la revista “Ideele”, el creador de “Capricho en azul” sostuvo que no se juntó “con hampones sino con jóvenes de los barrios pobres de Lima. De ahí [sacó] ese vocabulario y a esos términos se les ha dado el nombre de léxico popular peruano”. Ahora bien, toda ese sociolecto barrial no solo se chorrea en su primer libro de cuentos, sino que fue trasladado a su primera novela, “En octubre no hay milagros”, publicación que le puso los pelos de punta a la crítica literaria peruana.

El bar Palermo

Reynoso presentó “Los inocentes” en el extinto bar Palermo en 1961. Alguien inmortalizó aquel evento con una fotografía en blanco y negro donde se aprecia a Reynoso acompañado por José María Arguedas. Aquella vez, el poeta Martín Adán estaba en una mesa del fondo, solitario, lucía un abrigo negro sucio y bebía un trago. Reynoso se le acercó para invitarlo a al ruedo donde se presentaría el conjunto de relatos. Sin embargo, él optó por permanecer en su sitio. Oswaldo no se hizo bolas y, al finalizar la presentación, le obsequió un ejemplar de su libro. El autor de ‘La casa de cartón’ agradeció el gesto y prometió leer el texto.

Días después, Reynoso se aproximó al rincón donde Adán hacía oreja con la intención de sacarle un comentario sobre “Los inocentes”. En una noche de copas, Rafael de la Fuente Benavides le dijo: “No le quería decir nada porque después de leerlo he sentido miedo por usted. Un escritor como usted va a sufrir mucho en un país como el Perú”. Y así fue, porque la crítica literaria y periodística de aquellos años llenó de diatribas la obra narrativa de Reynoso. Pero él no estaba solo, fue defendido por sus virtudes narrativas. Entre sus defensores se encontraban Mario Vargas Llosa, Washington Delgado, Sebastián Salazar Bondy y el mismísimo Arguedas.

El autor de “Todas las sangres”, quien había leído los originales de “Los inocentes” con “júbilo sin límites”, escribió en el diario “El Comercio” que Reynoso, con su primera criatura narrativa, había “creado un estilo nuevo: la jerga popular y la alta poesía reforzándose, iluminándose. Nos recuerda un poco a Rulfo, en esto”. También indicó que el creador arequipeño “no ha penetrado aún a lo más profundo. Ha descrito la nata, y solo de un sector, lo que en quechua llamaríamos el pogoso”. En el programa “Retratos”, don Oswaldo rememoró cómo reaccionó Arguedas luego de leer “Los inocentes”: “Lo fui a buscar a la Universidad de San Marcos porque él había estado preguntando por mí y en cuanto me vio, salió alborozado y me abrazó”.

Lima en rock

Luego de que los 500 ejemplares que tuvo la primera edición de “Los Inocentes” se agotaran rápidamente, su autor recibió una llamada de Manuel Scorza, quien, en ese rato, estaba sacando de las sombras un proyecto editorial. En 1964, el autor de “Redoble por Rancas” quería publicar “Los inocentes” en Populibros peruanos, pero con la condición de cambiarle el título por un tema de márquetin y le ofreció a su creador una lista con 15 propuestas para cambiar el nombre original de la obra. A don Oswaldo no le gustó ningún título y acudió a los sabios de Palermo para discutir cuál sería el rótulo para la segunda edición.

Luego de algunas discusiones que se prolongaron por toda la noche, Reynoso se asomó por la oficina de Scorza. Él recordaría así el episodio: “Al llegar, me preguntó qué había decidido. “No se cambia”, le dije. “Entonces no se publica”, me respondió. En el momento que salía de su oficina, recordé que en la discusión del Palermo un título había circulado: “Lima en rock”. Regresé y le dije: “Se publica, pero con el título “Lima en rock””. A Scorza le gustó y aceptó la condición de poner, entre paréntesis, “Los Inocentes””. Esta nueva entrega apareció con un glosario para quienes desconocían el sociolecto de los barrios y llegó a vender más de cuarenta mil ejemplares.

WhatsApp Image 2021 08 01 at 5.04.27 AM
Presentación de “Los inocentes” en el bar Palermo (1961), sentados Luis Alberto Peláez, Alfredo Ponce Chirinos, Carlos Thorne, Manuel Baquerizo, José María Arguedas. De pie: Eleodoro Vargas Vicuña y Oswaldo Reynoso. Al fondo entre el gentío, Martín Adán y detrás, Nicomedes Santa Cruz.

Polémicas y críticas

Con la primera reedición de “Los inocentes”, Reynoso estaría en el ojo de la tormenta porque el libro se promocionó en algunos periódicos limeños. El diario “La Prensa” se pronunció sobre el marqueteo de la obra: “Que la publicidad bien dirigida trate de meter ‘gato por liebre’ es cosa que le atinge a ella y en la medida que le produce jugosos resultados. Que se trafique con jabones y pasta de dientes de diferentes marcas para inducir a su uso, es también el juego que se utiliza normalmente en esta era de propaganda por afiches. Pero que se haga del libro un instrumento o vehículo de divulgación pornográfico, eso ya es harina de otro costal”.

El diario también le dedicó algunas líneas a su autor: “Y el libro es exactamente lo contrario que debería escribir un maestro y el propósito desvergonzado de pintar con regocijante exactitud el vulgar léxico que seguramente utilizan los muchachos entre sí, cuando hablan de sus pequeñas y pasajeras maldades, no es ni arte ni literatura”. “La Prensa”, sin medias tintas, llegó a decir que el libro de Reynoso buscaba parecerse a una de las novelas de Vargas Llosa: “Ahora que está de moda Mario Vargas Llosa —y bien justificadamente por su formidable libro “La ciudad y los perros”— se tendrá que soportar todo aquello que se parezca sin pena ni gloria a sus personajes o a su estilo [sic]”.

En la otra tribuna, para Reynoso fue un inesperado pasmo la reacción que su obra produjo en Lima. El autor dijo: “Atacaron mis libros por el lenguaje que utilicé, porque hablaban de sexo y porque no entendían si “Los inocentes” eran cuentos o una novela. “¿Qué mierda has hecho?”, me decían, porque estaban acostumbrados a que el cuento tuviera cierta estructura, y eso es lo que hacen ahora en los talleres”. Con ello, se puede afirmar que lo dicho por Martín Adán sí se cumplió. Incluso, cuando don Oswaldo publicó “En octubre no hay milagros”, algunos detractores “elevaron un documento al Ministerio de Educación para que se le retirara el título de profesor y se le impidiera el ingreso a los colegios”.

Aporte al léxico

Algunos estudiosos han escudriñado en las bondades que tiene la narrativa del hombre que poseyó una abundante cabellera blanca. Por ejemplo, la lexicógrafa sanmarquina Luisa Portillo, en la investigación que elaboró sobre el libro de Reynoso, sostiene que se debe “reconocer el aporte del autor al rescate del léxico peruano, sobre todo en el nivel de uso coloquial y popular”. El trabajo académico, aparecido en 2007, señala que 37 palabras empleadas en “Los inocentes” fueron recogidas por el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) hasta su edición de 2001.

Para el trabajo en mención, Portillo Durand se tomó la molestia de revisar tres ediciones del DRAE: 1984, 1992 y 2001. Luego de leer el texto de Reynoso, seleccionó un corpus básico de 46 palabras, de las cuales solo una voz había sido incluida de forma compleja en el DRAE 84: “pelo (no tener pelos en la lengua)”. A los 31 años de publicada la obra, la investigadora encontró en el DRAE 92 cinco inclusiones más: “acostar”, “corrido”, “espeso” y “pilcha”, y de una forma compleja: “mosca (por si las moscas)”. Para la edición del DRA 2001 se incluyeron 10 voces más, entre forma compleja, nuevas entrada y acepciones: “arrochar”, “asado”, “campana”, “chapa”, “mocoso”, “oreja (parar la oreja)”, “revolcar”, “sobrado”, “teclo”, “viejo”.

En el estudio, además, se hace hincapié que, en la misma edición del 2001, aparecen 21 vocablos “con la marca de otros países”, pero que se hablan en el Perú. Ellas son: “bacán”, “bronca”, “cebada”, “chicoco”, “collera”, “cuera”, “gil”, “lechero”, “mandar (mandar a pasear)”, “paleteo”, “peluca”, “pendejo”, “polilla”, “punto (tomar como punto)”, “sabido”, “sonar”, “sufrido”, “taba”, “templado”, “tono”, “voz (pasar la voz)”. Así, suman, en total, 37 palabras las que figuran en la última edición revisada para la investigación. Las nueve restantes del corpus de 46 voces fueron propuestas por Luisa Portillo para ser ingresadas al DRAE.

A pesar de la crítica perversa del “establishment” cultural que lo ninguneó, con “Los inocentes”, don Oswaldo logró ganarse un campo en la narrativa urbana, o el realismo urbano. Él buscaba editoriales que ofrezcan sus creaciones a un precio que vaya en sintonía con el bolsillo de los sectores populares. Además, Reynoso se llamaba a sí mismo el bestseller clandestino del Perú. ¿Y quién puede atreverse a cuestionar semejante verdad si “Los inocentes” ya superó las más de 20 reimpresiones y eso sin contar todas las ediciones piratas?

*Un agradecimiento en especial al investigador literario Luis Rodríguez Pastor por facilitarme la fecha exacta de la publicación de “Los inocentes”.

También lee

Lo más leído

Más de

Lo último