El jinete

Recuerdos de papá

"Cangallo era entonces una provincia remota perdida en el mapa hasta que, en el distrito de Chuschi, tal como lo confirmó el investigador Gustavo Gorriti, la madrugada del 17 de mayo de 1980, cinco encapuchados entraron a la Oficina de Registro Electoral, amarraron al registrador, quemaron el libro del registro y las ánforas preparadas para las elecciones generales que se iban a realizar al día siguiente. Desde entonces, todo sería distinto en este país de infortunios."

Papá hablaba con su caballo. El último que amó mucho se llamaba Mallaccha. Cierto día, papá me dijo que lo entendía a la perfección, pero yo creo que Mallaccha lo entendía más a él. Mallaccha cuidaba sus pasos de morochuco bohemio, era su compañero de caminos por esa geografía caprichosa de Cangallo: pampas pardas, colinas interminables, barrancos infinitos, bosques de eucaliptos, ríos profundos. En aquel tiempo, Incaraccay carecía de luz eléctrica y de agua potable, pero tenía un hermoso río como los que ahora solo se ven en las fotografías. El río de Incaraccay nace en los puquiales de Pumahuasi y alimenta, luego de su recorrido de cataratas, al gran río Pampas. En los meses de julio, agosto o setiembre era apenas un riachuelo que podía cruzarse con facilidad dando saltos, pero en los meses de lluvia, en el verano, en febrero, el río podía crecer tanto que se tornaba voraz y peligroso como un puma hambriento. 

Cierta noche de carnavales de aquel tiempo, el papá de Arturo trató de cruzar el río en su caballo Jobero. No pudo. El río los engulló. Jobero, gracias a su fuerza descomunal, salió solo de las aguas metros abajo. La oscuridad total y la lluvia dura y terca del verano impidieron encontrar al papá de Arturo aquella noche en el río. Hubo desesperación y llanto, zozobra y tristeza infinitas, pero no se pudo hacer nada. Ya con la luz del día, los vecinos rastrearon el cauce del río palmo a palmo. Lo encontraron kilómetros abajo orillado al pie de la catarata Iskaypajcha. Su cuerpo desnudo yacía sobre las piedras azules del río. Solo la correa de cuero de su reloj permanecía fija a su muñeca derecha. Esa correa fue guardada por mucho tiempo por Griselda, la mujer de su vida, en una cajita de madera junto a las otras pertenencias de su hombre muerto. Muchos años después, Griselda le entregaría aquella correa a su hijo Arturo, cuando este decidió venirse a Lima escapando de los encapuchados. Las heridas de Jobero demoraron en sanar y vivió tres años más al cuidado de Griselda. Pudo haber vivido más tiempo, pero papá dice que la tristeza lo fue matando poco a poco. Cuando se cumplían tres años de la muerte de su dueño, murió Jobero una tarde de carnavales en que los amigos del papá de Arturo lo recordaban entre tragos, música y canto.

Griselda vivió mucho tiempo en Lima en los tiempos del general Juan Velasco Alvarado. Arturo me dijo que trabajó cinco años en una casa grande de la avenida Bolívar, a unas cuadras de la plaza de la Bandera. «Regresó al pueblo a buscar a mi papá, porque yo estaba creciendo en su panza», me dijo. «Casi muere, un toro casi la destroza». Griselda había llegado al pueblo vestida con sus prendas mejores: con un pantalón negro de lana, una falda grande y verde encima del pantalón, zapatillas deportivas blancas y una chompa sumamente roja, encendida como un semáforo. Su color favorito era el rojo desde muy pequeña. Su primer sueldo lo gastó en prendas rojas que las lucía en las fiestas dominicales. Desde entonces siguió usan siempre el rojo encendido. Quiso entrar al pueblo por un camino angosto donde jugaba de niña. La mañana era clarísima. Cantaba un huaino. Casi a medio camino, ya muy cerca de la colina desde donde podía ver su casa, en sentido contrario al de ella, venía un toro bravo, ligeramente joven, con unos cuernos enormes como raros cuchillos afilados. Ella sabía cómo sortear a los toros, pero se dio cuenta de que tenía una chompa sumamente roja y llamativa. «Ay, papa Dios», dijo preocupada al recordar lo que le decía su mamá: «Cuídate de los toros si tienes algo rojo». El toro avanzaba por el camino angosto hacia ella con tranquilidad, pero cuando vio a Griselda, como a veinte metros de distancia, se quedó quieto, con los ojos enojados, como si hubiera visto a un antiguo enemigo. «Ay, papa Dios», volvió a decir Griselda y empezó a quitarse la chompa roja, con cuidado, mirando fijamente a los ojos bravos del toro. El toro no le quitaba la mirada. Botaba aire con violencia por la nariz y levantaba polvo al jalar de manera sincronizada hacia atrás una a una sus patas delanteras. «Ay, papa Dios», dijo otra vez Griselda, porque su blusa también era sumamente roja, y decidió quitársela para no ser atacada por el toro que se encontraba dispuesto a todo. Se quitó la blusa, pero el toro empezó a correr endemoniadamente para embestirla, porque el sostén de Griselda también era sumamente rojo. «Ay, papa Dios», gritó Griselda y empezó a correr para salvarse del toro, luego de lanzar su sostén hacia los arbustos con sus partes nobles al aire. Mientras corría, gracias al miedo y la adrenalina, recordó que para escapar de los toros debía tirarse al piso como un soldado dispuesto a rampar. Así lo hizo y se salvó del toro que pudo haberle sacado las tripas. El toro, cansado de esperar a que se levantara, siguió su camino hacia el río Pampas. El papá de Arturo la encontró semidesnuda tendida en la tierra, y ella le dijo:

—Conchatumadre, por venir a buscarte casi me mata un toro.

—¡¿A buscarme?!

—La señora de la casa dice que estoy embarazada; por eso vine.

—¡Embarazada! ¡Estás loca! 

—Como que estás loca, carajo.

—Cálmate.

—¡No me calmo! ¡Te tendrás que responder por tu hijo!

—Pero cómo que estás embazada.

—Tu hijo está creciendo en mi panza, carajo. ¡Tienes que responder!

—Claro, claro que sí. Tranquila. Vamos a la casa y recoge esas cosas rojas.

Por el frío, yo detestaba ir a labrar la tierra, pero tenía que hacerlo porque había reglas que cumplir. Me gustaban las tardes, tardes de cielo azul, de viento fresco, de silencio con música de pajaritos. Me encantaba mirar desde la ventana a las orugas gigantes en el afán de buscar refugio; a la lluvia cayendo de los tejados; y la sobria tranquilidad de los animales en el corral, acostumbrados al frío, felices. Cangallo era entonces una provincia remota perdida en el mapa hasta que, en el distrito de Chuschi, tal como lo confirmó el investigador Gustavo Gorriti, la madrugada del 17 de mayo de 1980, cinco encapuchados entraron a la Oficina de Registro Electoral, amarraron al registrador, quemaron el libro del registro y las ánforas preparadas para las elecciones generales que se iban a realizar al día siguiente. Desde entonces, todo sería distinto en este país de infortunios.

Hacia 1917, el niño Arguedas transitaba por Cangallo de la mano de su padre abogado, que nunca pudo encontrar un lugar fijo donde vivir desde que murió su esposa Victoria. Padre e hijo vivían por temporadas en muchos pueblos de la sierra: un tiempo en Pampas, otro tiempo en Andahuaylas, en Huaytará, Coracora, Puquio, Lucanas y también en Cangallo, donde el frío hace tiritar hasta a los árboles más portentosos, y cuando el sol se asoma, el lugar es una fiesta para el arrayán, el sauce, el lambras, la tuna, el sillcao, el tankar, el eucalipto, el capulí, el airampo, la tara, la retama. Los ojos azules del niño Arguedas se dilataban de asombro cuando viajaba a Huamanga junto con su padre por las pampas pardas de los morochucos. 

Mi padre se considera un morochuco. Él, recordando a Arguedas, me dijo varias veces que es un jinete de rostro europeo, nunca cuatrero, pero sí descendiente de los almagristas excomulgados que se refugiaron en su tierra. Repite siempre: «Arguedas me describió a mí. Yo tocaba guitarra, mandolina, charango y waqrapuku, y les ganaba a todos con mi caballo. Yo hubiera estado en las filas de Basilio Auqui Huaytalla». Papá tenía un charango hecho de lambras, cuyas cuerdas eran, según él, de tripas de animal. «Esta es la herencia de los legendarios morochucos», decía, y luego lograba, acariciándolo como a un bebé, que el charango soltara desde sus brazos las melodías del huaino Tankar kiskacha, y mamá lo miraba con cariño.

Cuando papá se pasaba de copas y no podía llegar a casa, Mallaccha lo protegía de los forajidos, de los abigeos, de los malos vientos, de la perversidad de la noche, y lo esperaba todo el tiempo que fuera necesario hasta que se pusiera de pie. Era un caballo leal, fiel como un can criado con cariño, como un ser humano de cuatro patas: con una mirada de hombre bueno y relincho de guerrero.

Cierta tarde, desde mi ventana, vi a Mallaccha acercarse a Eugenio como para decirle algo. Le buscaba el oído como para que nadie más escuchara. No sé por qué pensé al instante que le decía algo de papá. Eugenio lo miraba a los ojos, le acariciaba el mentón y lo besaba como a un hermano.

Papá empezó a cabalgar a los cinco años a escondidas del abuelo Silvestre. Cuando se subía al caballo, se pegaba tanto al cuello del equino que al momento de competir en Pampa Victoria parecía que el caballo estaba corriendo solo. A los siete años, ya era un jinete reconocido en las carreras que se hacían en los pueblos de Cangallo. En Incaraccay, donde muchos años después levantaría su casa, mi abuelo Silvestre lo sorprendió ganando una carrera y, lejos de felicitar a su hijo pequeño, le dijo: «Veo que también corres, pero te falta mucho para que seas como yo, el Qari Silvicha».

Montar a caballo era lo mejor que hacía papá. Tenía muchos admiradores y hacía una dupla de oro con Eugenio, quien se convertiría después en mi padrino, en mi protector en todas las circunstancias, en mi mejor amigo de todos los tiempos. Fue en esos afanes, entre la alegría y la euforia de las competencias, que papá empezó a beber, muy jovencito. Él es de pocas copas y se embriagaba rápido, y creo que esto lo sabía mejor que nadie Mallaccha, que nunca lo abandonó. Pero mi padre sí dejó a su caballo. Tenía que escapar a Lima de las zarpas del terror. Huyó una noche en un camión de papas, con el corazón acongojado y dos grandes espinas escondidas en su pie derecho. Dejó a Mallaccha porque pensaba que la calma volvería pronto: demoró veinte años.

Cada vez que le pregunto sobre Mallaccha, él se queda callado y trata de hablarme de otras cosas. Cierto día, me contó que ya en Lima había ido al hipódromo a probarse como jockey profesional. Me dijo que le fue muy bien, pero le sobraban doce centímetros de estatura y por esa razón no fue contratado. Papá ha trabajado en infinidad de oficios para que a su numerosa familia no le faltara comida en casa. Pese a que es un hombre alegre, nunca lo he visto feliz en ningún trabajo. En ninguno. Creo que su mundo son los caballos. Cuando ve a uno es como si rejuveneciera, como si la felicidad se activara en él con un relincho. Cuando hace poco vio que Pedro Castillo trataba de dominar a una yegua en su camino para votar en un colegio de la provincia cajamarquina de Chota, sus ojos se encendieron de alegría. Ahora papá ya no bebe, ya no trabaja. Ahora papá está ya un poco viejo y confinado con mamá en aquella casa que levantaron juntos en una invasión en los extramuros de esta ciudad gigantesca. No salen para nada. Tienen miedo, como todos, y yo estoy yendo a verlos en esta extraña mañana de miércoles acompañado por la voz de mamá. (Fragmento de la novela “El jinete en la hora cero”).

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