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Relato

Sucios y cansados

Después de un rato dejaron de sentir los ruidos, pero entonces sucedió otra cosa: al llegar a una subidita, de pronto se apagó el motor y la moto se detuvo. "La gasolina", dijo Lucho. "¿Y ahora?", respondió Tito, alarmado. "Dame la botella". “¿Cuál botella?”. “La que te dije anoche que trajeras, la que llenamos de gasolina".

Tras dos años de llevar viviendo en Colasay, un pueblito perdido entre montañas boscosas de Cajamarca, Lucho se había aficionado a la cacería. Muchos del lugar cazaban. En los bosques de alrededor abundaban majaces, pavillas, huanganas, y, sobre todo, venados.

Cuando su hermano Tito fue desde Chiclayo a visitarlo, Lucho le habló de sus aventuras en el monte. Tito se entusiasmó. “Quiero ir de cacería”, dijo señalando la escopeta que colgaba de un clavo en la pared del cuarto. “Hay que ir en moto una buena distancia y de noche”, le advirtió Lucho. “Además, tal vez llueva”. “No importa”, insistió Tito. Así que hicieron los preparativos. Fueron en moto al único establecimiento del pueblo donde vendían gasolina e hicieron llenar una botella de tres litros. Tito supuso que el tanque de la moto tenía suficiente combustible y no dijo nada.

De regreso en el cuarto, Lucho le dijo a Tito: “Esta botella de gasolina es para llevar, tú te encargas de eso”.

Durmieron hasta que oscureció, y entonces subieron a la moto con la escopeta y la mochila donde iban las cosas. La carretera era de tierra, con muchos altibajos y baches que la luz del faro iba develando, y culebreaba entre dos murallas de árboles. La selva, invisible en la oscuridad, dejaba oír el ruido de los diversos animales que la habitaban.

Al cabo de cuarenta minutos de viaje, Lucho detuvo la moto al costado de la carretera y apagó faro y motor. Sacaron de la mochila dos linternas y Lucho le explicó a Tito. “Con esta, que tiene luz blanca, nos vamos a alumbrar de rato en rato al caminar. De esta otra linterna su luz es amarilla, y cuando escuchemos ruido en el monte la prendes y alumbras hacia allí. Si es venado, vamos a ver sus ojos rojos y disparamos”. Pero entonces empezó la discusión entre los hermanos. “Yo llevo la escopeta”, dijo Tito. “No, replicó Lucho, tú llevas la linterna”. Quiso quitarle el arma, pero el otro no se dejó y empezó a alardear. “Yo en Chiclayo he practicado tiro al blanco con el general Oblitas, tengo mejor puntería que tú”. De mala gana, Lucho lo dejó. Se metieron en el monte por un sendero que apenas se distinguía entre la tupida vegetación.

No habían avanzado ni diez metros selva adentro, cuando Tito comenzó a llenarse de nervios. Lo asustaban los ruidos del bosque, en cada rama veía culebras y ojos de fieras. “Regresémonos, dijo tembloroso, tengo un mal presentimiento”. Caminaba medio agachado hacia adelante, las manos apretando la escopeta, mirando hacia todos lados. Lucho, que iba atento por si captaba un ruido grande para prender la linterna de luz amarilla que, de ser venado reflejaría unos ojos rojos, no le hizo caso. Avanzaron unos metros más y en eso oyeron ruidos de follaje, cuerpos grandes que se abrían paso entre la vegetación. Tito temblaba más. El susto se notaba en su voz. “Prende la linterna”, pidió. “Cállate, le susurró Lucho, shiiit”. Ahora el ruido no venía solo del frente, sino también de los lados. “Prende la luz”, rogó Tito. 

Lucho le hizo caso por fin: encendió la linterna y la luz rebotó en unos ojos. Un puma estaba agazapado entre unas piedras. Lo vieron dar unos pasos hacia ellos, con la cabeza hundida entre los hombros, y volver a quedarse quieto, agazapado. Por los costados, otros dos pumas hacían lo mismo. Estaban rodeados, las fieras los estaban cazando a ellos, los querían cenar. Fue suficiente. Tito se dio media vuelta y empezó a correr despavorido, cayendo y levantándose, chocando contra piedras y troncos. Lucho corría detrás con la linterna apagada.

Como sea, llegaron a la carretera y se montaron en la moto, que por suerte arrancó de inmediato. Mientras iban a toda marcha por la carretera, sentían movimientos en la vegetación de los costados. Los pumas los estaban siguiendo. La moto sorteará huecos, piedras, troncos. Después de un rato dejaron de sentir los ruidos, pero entonces sucedió otra cosa: al llegar a una subidita, de pronto se apagó el motor y la moto se detuvo. “La gasolina”, dijo Lucho. “¿Y ahora?”, respondió Tito, alarmado. “Dame la botella”. “¿Cuál botella?”. “La que te dije anoche que trajeras, la que llenamos de gasolina”. “No lo he traído”. “Eres un sonso, se arrebató Lucho, ahora tenemos que empujar la moto, dame la escopeta y empuja”. “No, yo llevo la escopeta, los pumas deben estar cerca todavía, ahorita vienen por nosotros”. “Pero si eres un cobarde, ni siquiera pudiste disparar”. 

Por fin Tito le entregó la escopeta y empezó a empujar la moto. “Creí que el tanque estaba lleno”, dijo. “No se le llena, explicó Lucho, de ese modo, si nos roban mientras estamos dentro del monte cazando, la moto se les queda botada por allí”. Tito iba mirando a los costados, alerta, temiendo un súbito ataque de los pumas, que de pronto estos saltaran sobre ellos. Entonces Lucho decidió jugarle una broma pesada: acercándose despacio por detrás, le apretó una pantorrilla con la mano mientras soltaba un gruñido como puma. Tito lanzó un alarido, dejó caer la moto y no supo por dónde huir. Lucho se desternilló de risa. Al amanecer, los hermanos entraron al pueblo empujando la moto, sucios y cansados.

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