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Miguel Ángel Quintanilla

Ciencia y tecnología no son ajenas a la filosofía

Este tiempo es propicio para esclarecer los conceptos y relaciones entre ciencia y tecnología a fin de encaminar los estudios e investigaciones que cuadren con nuestras necesidades.

Gracias a la pandemia, los vocablos de ciencia, tecnología e innovación se han convertido en términos comunes en el discurso mediático cotidiano y hasta han aparecido analistas y columnistas que se han interesado seriamente en estos temas, cosa que no ha ocurrido entre funcionarios y autoridades. Incluso hubo debates en torno a la pseudo ciencia y pseudo tecnología, aunque sin aclararlas apropiadamente, y sin tocar para nada las grandes fortunas invertidas en cierta medicina alternativa (pseudo ciencia) y supuestos fármacos (pseudo tecnología) que finalmente se comprobó que no curan. 

De aquí podría esperarse que haya mayor interés por la investigación y la educación de calidad; sin embargo, también es posible que persista la falta de claridad conceptual de la cultura científica y tecnológica y que volvamos a la normalidad prepandemia, es decir, a la confusión.

Este tiempo es propicio para esclarecer los conceptos y relaciones entre ciencia y tecnología a fin de encaminar los estudios e investigaciones que cuadren con nuestras necesidades. Es preciso recurrir a oteros y referentes seguros y confiables como Miguel Ángel Quintanilla, catedrático en Lógica y Filosofía de la Ciencia, fundador y director del Instituto Universitario de Estudios de la Ciencia y la Tecnología (ECYT) en la universidad española de Salamanca, quien desde los años 80 del siglo pasado ha articulado una teoría sobre la tecnología, y ha formado especialistas, como Fernando Broncano y Diego Lawler, entre tantos otros estudiosos, que investigan y hacen docencia en Hispanoamérica. 

Quintanilla refiere que ciencia y tecnología no son ajenas a la filosofía. En este estricto sentido, y para decirlo de manera breve, hay dos grandes tradiciones filosóficas que se asocian a las tecnologías vigentes. Una primera desde Hegel, Husserl, Heidegger, Habermas y los posmodernos. La otra, realista, arranca de la Ilustración, pasando por Ortega hasta Bunge y Miguel Ángel Quintanilla, cuyos aportes acicatean el avance de la investigación, ciencia y tecnología. Por el contrario, la teoría de la acción comunicativa de Habermas y su libro Ciencia y técnica como “ideología” no son compañeras fructíferas para apoyar la investigación, y mucho menos confiable es la hermenéutica de los textos, que no han recalado en investigaciones concretas, y están muy lejos de temas como el cambio climático, desigualdad social, capitales financieros y deriva digital, que son problemas candentes de nuestro tiempo.

El enfoque de Quintanilla se caracteriza principalmente por su claridad conceptual y referencia específica a los hechos, no solo para dar cuenta de ellos, sino como soporte ontológico compatible con los apremios actuales y las exigencias del desarrollo. Así nos presenta a la técnica o tecnología como sistema de acciones orientadas a la transformación eficiente y valiosa de la realidad, como un constructo epistemológico, o como una forma de conocimiento práctico. 

Refiriéndose al cambio técnico, que puede producirse mediante pequeñas innovaciones en sistemas técnicos previos o mediante invenciones de nuevas tecnologías, precisa que en ambos casos entran en juego las operaciones de diseño y evaluación. De este modo su enfoque permite también corregir confusiones conceptuales, como aquella percepción de tecnología como “resultado de las investigaciones que suceden en las universidades” y que las innovaciones son “aplicaciones prácticas” (La República, 27. 2. 22, p.14), alterando con ello el sentido del acrónimo C + T+ i.

La epistemología del profesor Quintanilla comienza con la aclaración del conocimiento técnico, que frecuentemente es definido como aplicación de la ciencia o como ciencia aplicada (que casi todos los manuales universitarios repiten) y en realidad no es sino, en definitiva, ciencia. 

Quintanilla precisa que los conocimientos técnicos son proposicionales (y esto lo diferencia de los conocimientos artesanales) y operativos que incluyen operaciones que se realizan sobre determinadas cosas. El conocimiento operacional puede ser explícito, mediante reglas o normas y conocimiento, o tácito, que incluye el conocimiento práctico que se obtiene mediante el entrenamiento.

Su enfoque distingue al sistema técnico como sistema de acciones (diferentes de los sistemas de conocimiento) orientadas a objetivos concretos, que cumplen criterios de eficiencia que pueden ser evaluados. Los sistemas técnicos están conformados por elementos materiales y humanos, y su complejidad puede ser muy simple o especializada, según si se trata, por ejemplo, de una simple lavadora de ropa o de un centro nuclear. Los componentes de los sistemas técnicos son: a) materiales, como las materias primas, energía y equipamiento; y, b) los agentes intencionales, que actúan como usuarios, operadores o gestores. La estructura de todo sistema técnico abarca: a) acciones de transformación, que incluyen a procesos materiales y acciones de manipulación; y, b) acciones de gestión (se diferencia a los investigadores de quienes gestionan los recursos para la investigación, que en nuestro medio se confunden). Los objetivos hacen referencia a los propósitos para los que se diseñan los sistemas técnicos, y los resultados confrontan los objetivos previstos y lo que realmente se obtiene.

En el Perú no hay un centro universitario que reflexione sistemáticamente sobre ciencia, tecnología e innovación.  No abundan las investigaciones que enriquezcan la cultura científica y tecnológica. A ello puede deberse la falta de aclaración de muchos conceptos como el de cambio de paradigmas, innovación, desarrollo, diseño y otros. 

Francisco Sagasti, en Ciencia tecnología e innovación (2011) y Un desafío persistente (2017), aborda estos problemas desde la perspectiva de las políticas públicas y la gestión. Reconoce que nuestras severas limitaciones son, además de las económicas, la indiferencia, la incompetencia y la ignorancia que persiste y, sin embargo, asegura que en los tres primeros lustros hemos avanzado en cuanto a poner en marcha “el sistema nacional de innovación” (2017: 245). 

Esta afirmación dista mucho de la realidad, pues un sistema nacional de innovación tiene como condición básica el sistema nacional de ciencia y de tecnología, que no tenemos, porque CONCYTEC no es sino una oficina de gestión de magros recursos y no un centro de investigación. En este contexto se formulan las más descabelladas frases, como las de un exministro de Educación, quien respecto de las clases presenciales que se avecinan dijo “que requiere una particular atención y una permanente evaluación de un gran número de factores educativos, epidemiológicos, sociales, políticos e incluso económicos”.

Estas infelices frases no solo configuran un gran error categorial, pues los factores señalados son sociales y sólo reflejan una postura política de restarle persistente importancia al financiamiento de la educación. Si los representantes de algunos organismos no gubernamentales piensan así, el financiamiento de los recursos para la educación no será sino eterna promesa incumplida.

Queda claro que ciencia, tecnología y filosofía son compañeras, en tanto y en cuanto no se pierdan de vista la realidad, la racionalidad y los valores.

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