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Opinión

Oro, dinero y diamante

Algunos preguntaron si un lingote de oro vale más que un pan. El pan vale más pues vale por sí mismo (sobre todo al mediodía), mientras que un lingote de oro vale mucho si encontramos gente convencida de que el oro vale mucho.

Cuando se pone a hablar de sí mismo, el oro se torna el metal más pesado de la tabla periódica. El oro es tan egocéntrico que espera que todos los electrones giren alrededor de él. Empero, ya hablando en plata, el oro no es tan valioso como él se cree. El mundo podría pasar años sin oro, pero ni un minuto sin hierro o sin su sucursal, el acero; y ni qué decir hay ya del acero inoxidable, tan seguro de sí mismo. El oro suscita la curiosidad de los filósofos, personas muy inteligentes que nos pasan las preguntas que no pueden responder. Algunos preguntaron si un lingote de oro vale más que un pan. El pan vale más pues vale por sí mismo (sobre todo al mediodía), mientras que un lingote de oro vale mucho si encontramos gente convencida de que el oro vale mucho. Es un mito, una sugestión colectiva.

Heráclito de Éfeso ingresó en la filosofía con el equipo de los presocráticos. Estos fueron los filósofos que, por ganar tiempo, nacieron antes que Sócrates, de manera que se perdieron el salir en los Diálogos de Platón, el salón de la fama del pensamiento antiguo. De Heráclito solo han llegado fragmentos ―la antología que hace la distracción del tiempo―. Su fragmento 22.° dice: «Los que buscan oro excavan mucho y encuentran poco». Se ignora qué significa ello, pero, ya que trata de excavar, debe de ser un profundo pensamiento. Por cosas raras como esta, a Heráclito llamaron «el Obscuro» ―al leer libros de historia de la filosofía, ser obscuro abre el camino más corto para pasar al filósofo siguiente―.

Siendo el hierro más útil que el oro, asombra que se haya empleado el hierro para conquistar el oro. El oro suscita ambiciones, pero no siempre. Por ejemplo, algunos científicos han mentido azuzados por otros motivos, no por el dinero. Peter Medawar (gran biólogo-Nobel) creía que los científicos engañan movidos por la ambición de lograr «la estima de sus colegas» (La amenaza y la gloria, capítulo VII). A fin de cuentas, Medawar tiene razón: la fama es nada, pero el prestigio (la opinión de los que saben) es todo. Así, mientras pronunciaba un discurso en Atenas, Parménides notó que se habían ido todos los auditores menos Platón; mas Parménides continuó hablando ya que el respetado Platón era suficiente auditorio para él. Tal nos lo recuerda Adam Smith cuando él mismo encomia el prestigio intelectual en su Teoría de los sentimientos morales (VI, 3, 1).

Aunque nos asombre saberlo, Galileo hizo algunas trampas en sus experimentos físicos; Newton «ayudó» un poco a sus cálculos, y los resultados de fray Gregor Mendel con sus guisantes caminaban algo distraídamente por la realidad. En Las mentiras de la ciencia (capítulo IX), Federico di Trocchio es indulgente con ellos, pero ¿qué decir del sexólogo John Money? Él hacía operar a niños varones que presentaban irregularidades genitales a fin de «asignarles» el sexo femenino. Money influyó en una generación de feministas anticientíficas que no creían en el origen innato de la orientación sexual, escribe el biólogo Matt Ridley (Qué nos hace humanos, capítulo II).

David Reimer fue un infante al que Money hizo operar y a quien ocultó para que se ignorase el fracaso de su «nueva» identidad sexual. Al fin, el engaño se conoció gracias a una investigación hecha por el sexólogo Milton Diamond. Reimer recuperó su identidad masculina y, años después, se suicidó. Money nunca se arrepintió. En la ciencia, no todo lo que brilla es Money.

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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