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Relato

La bicicleta

Pepín regresó a su casa feliz a pesar de todo, decidido a soportar los correazos de su padre. Había perdido su bicicleta, pero pronto tendría novia. Esa noche empezó a sentirse adulto.

El día que cumplió trece años, Pepín recibió de regalo una bicicleta nuevecita, exactamente el modelo que tanto deseaba. Para comprárselo, sus padres habían tenido que postergar la adquisición de una lavadora nueva que reemplazara la antigua y achacosa que tenían, artefacto de mucha utilidad en casa, y él prometió a cambio sacar buenas calificaciones en el colegio.

Dos días después, un sábado por la tarde, Pepín fue a presumir la flamante bicicleta en el parque. Quería, sobre todo, que lo viera Joana, la chica de quien estaba enamorado. Sabía que ella acudía allí los fines de semana, a charlar y reírse con sus amigas.

Pepín paseaba alrededor del parque, pero Joana no aparecía, y tampoco sus amigas. Hasta que, cansado de tanto pedalear, se sentó en uno de los bancos. Ahí estaba enjugándose con la manga el sudor de la cara, cuando un hombre flaco se sentó a su lado y le hizo conversación. Parecía amigable y derrochaba simpatía. Dijo llamarse Wili. “Están lindas las chicas, ¿no?”, le dijo de pronto. “Mira a esa, está buenaza, agregó señalando con el dedo a una muchacha de polo y pantalón jean apretado. Pepín sonrió. “La que a mí me gusta es más bonita, respondió, pero ella no ha venido”. 

Wili se interesó. “¿Quién es?, a lo mejor la conozco”. “Su nombre es Joana, estudiamos en el mismo colegio”, dijo Pepín. “Oye, ella es mi prima, se sorprendió Wili. Pepín se arrepintió de su confesión, estaba un poco avergonzado. “Pero no te preocupes, me caes bien y por mí no hay problema, lo tranquilizó Wili, más bien te puedo ayudar, si quieres le hablo para que salga contigo”. “¿En serio?”, se emocionó Pepín. Wili asintió con la cabeza. ¿Quieres que vaya a ver si ya viene?”, le preguntó. “Ya pues”, aceptó Pepín. “Pero préstame tu bicicleta, así voy y vengo rápido”. Pepín puso cara de desconfianza. Entonces el tal Wili sacó su billetera y su celular y se los dio. “Mira, te dejo estas cosas”. Y con eso Pepín confió. Le entregó la bicicleta y el tipo se perdió por la esquina del parque, pedaleando tranquilamente.

Pepín esperó unos cinco minutos y el tal Wili regresó. Dejó la bicicleta junto al banco y se sentó. “Se está bañando, ya mismo viene”. Continuaron conversando de cualquier cosa. ¿Así que eres hincha de la U?, yo también, te apuesto a que este año salimos campeones”. Se llevaban cada vez mejor. Pero Joana seguía sin aparecer, y de repente Wili dijo: “¿Quieres que vaya a ver qué pasa?, tal vez su papá no la deja salir”. “Si, porfa”, asintió Pepín. El tal Wili cogió la bicicleta sin siquiera pedir permiso, subió en ella y se fue pedaleando tan tranquilo. Esta vez no dejó sus cosas ni Pepín desconfió. 

Estaba seguro de que volvería, pero el tiempo pasaba y nada. Esperó diez minutos, una hora, dos, cada vez más impaciente, desesperado. Ya le salían las lágrimas. Un señor que pasaba por allí se detuvo a preguntarle qué le pasaba, y Pepín le contó. “Te han robado la bicicleta”, le dijo el señor, y siguió su camino. Pepín no lo podía creer y esperó otra hora más. Ya era de noche. Debía volver a casa. Entonces se armó de valor y caminó hasta la casa de Joana para sacarse la duda. 

Se enjugó los ojos con la parte baja del polo para que ella no notase que había llorado y tocó el timbre. Salió la mismísima Joana, y él le preguntó si tenía un primo llamado Wili. Joana lo miró de pies a cabeza. “No tengo primos por acá cerca y menos que se llame así”, dijo. “¿Por qué?”. Pepín nunca se había sentido tan avergonzado. Sollozando, le contó lo sucedido, detalle a detalle. “Creo que te han robado la bici”, le dijo ella también, con cara de aflicción. Y enseguida le preguntó sonriendo a medias, acaso para alegrarlo un poco: “¿Y de veras yo te gusto?”. Pepín dijo que sí, moviendo la cabeza, ruborizado. “Mañana domingo voy a ir al parque, dijo Joana, ahí nos vemos para conversar”.

Pepín regresó a su casa feliz a pesar de todo, decidido a soportar los correazos de su padre. Había perdido su bicicleta, pero pronto tendría novia. Esa noche empezó a sentirse adulto.

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